septiembre 26, 2014

M'enamorava de mi


Em vaig mirar els ulls i em va semblar que no estava sola. Gairebé sense adonar-me'n em vaig anar acostant a la meva cara i el mirall es va entelar i l'entelament me la va esborrar de mig en avall. Vaig tancar els ulls a poc a poc i els vaig deixar oberts només una escletxa per veure'm com si estigués morta. I aleshores no sé ben bé què em va passar. M'enamorava de mi. Tenia la sang, i vaig escoltar la vida de la sang, de vegades adormida vermella avall per la seda de la cuixa. Em vaig posar les mans al clatell i vaig tirar tot el pes dels cabells enlaire. La meva pell era tendra i els colzes eren tendres i el que vaig sentir no es pot explicar amb paraules: que jo no era com els altres, que era diferent, perquè sola, voltada de tovalloles i d'olor de sabons, a fora del mirall era el que enamora i a dintre del mirall l'enamorat.

MERCÈ RODOREDA

agosto 18, 2014

Elogio de la vida cotidiana


La novela está entre las cosas del mundo que
son a la vez inútiles y necesarias, totalmente
inútiles porque están privadas de cualquier
razón de ser visible y de cualquier intención;
y, sin embargo, necesarias a la vida como el pan
y el agua, y está entre aquellas cosas del mundo amenazadas
de muerte y que son, sin embargo, inmortales.

NATALIA GINZBURG

Que las mujeres de Natalia Ginzburg son tristes, he leído. Y siempre se dice lo mismo: que sus personajes femeninos están cargados de melancolía, son infelices. Que son «mujeres silenciosas, solitarias, a menudo resignadas y aturdidas, que contemplan sus pequeñas vidas, vacías e incoloras, y apenas si pueden recordar unos pocos momentos de felicidad, mujeres que asoman de vez en cuando a la luz para enseguida reintegrarse a la sombra en la que siempre han vivido. Instaladas en el reducido ámbito de lo doméstico, sueñan con tener su propia casa y preparan el ajuar sin demasiada convicción, dispuestas como están a aceptar un matrimonio sin amor, y mientras tanto asisten con perplejidad al ir y venir de los hombres, caprichosos, contradictorios e inconstantes cuando no mezquinos y cobardes», dice Ignacio Martínez de Pisón. Y no seré yo quien le lleve la contraria, pero esto pretende ser un elogio de la vida cotidiana.
Es cierto, son mujeres así: pero no son mujeres así porque Natalia Ginzburg tenga interés alguno en retratar a la mujer de una determinada forma —lo que hace es calcar la realidad. Sí, sus mujeres son así, porque las mujeres son así, también, fuera de sus libros, fuera de todos los libros. «"Pobres de nosotras, las mujeres —dijo—. Nos chupan la sangre. Nos pisotean. No nos miran a la cara durante años y de repente nos miran y se sorprenden de que tengamos arrugas, los ojos cansados, el pelo sin vida". "Pero tú no tienes el pelo sin vida", dijo Ilaria. La Rirí se recompuso el moño. "No se nota tanto que está sin vida porque me lo peino así. Pero está sin vida. Por la noche cuando me lo suelto y me lo toco me da pena» (Burguesía). Así, más que un retrato psicológico de los personajes de Natalia Ginzburg, lo que me gustaría es alabar su mirada, cómo se posa sobre lo cotidiano, sobre lo absurdo, sobre la ternura y sobre lo sutil de los días. Éstas son las pequeñas virtudes de la escritora italiana: sabe ver donde los demás no. De la misma manera que en el colegio, para saber cuál es el complemento directo, preguntamos qué al verbo, para entender lo que quiero decir sobre la narrativa de ficción de la Ginzburg, hay que preguntarle al libro de qué va: y nunca va de nada. Va un poco de la vida, va otro poco de cómo una mujer afronta una pérdida o una ausencia, va de cómo la guerra es devastadora, va a veces de cómo nos adaptamos a las nuevas realidades. Pero, en esencia, va de todo y de nada —un pueblo, una ciudad, mujeres, hombres, niños. No hay nada que sea más importante o menos, no ocurren grandes acontecimientos: todo es sobre lo invisible del día a día, las bromas sencillas de la vida familiar, lo íntimo de una mujer, pero también la tierna brusquedad del hombre. Natalia Ginzburg posee el don de ser indulgente con la pena, con la rutina, con la mediocridad. Es tan misericordiosa con el desorden y lo inútil, que lo convierte en extraordinario. Por eso se cierran los libros con la sensación de que nos han contado cualquier cosa y, en el fondo, está hueca la tal cosa —por eso el personaje se queda. No le importa que no haya un gran estruendo en medio de la novela que lo remueva todo y recoloque. No le importa lo lineal en la trama o en el personaje: todo lo que cuenta es un círculo que no se cierra nunca y que sigue girando incansable incluso sobre lo no descrito; es una enumeración de razones para seguir vivo.
«Me caso con él por las siguientes razones, que he examinado atentamente una por una. Porque quiero tener hijos. Porque ya tengo treinta y tres años. Para dar una alegría a mi padre. Porque podré seguir ocupándome de mi casa hasta que mis hermanos crezcan, ya que mi casa y la de los Mazzeta sólo se encuentran separadas por un patio. Porque a nadie se le ha ocurrido nunca casarse conmigo y a Mazzeta sí. Porque es una buena persona. Siempre que mi padre le ha pedido dinero prestado se lo ha dado y nunca se ha enfadado porque no se lo devolviera, sino que ha seguido viniendo de vez en cuando a nuestra casa después de cenar a jugar a la escoba y a charlar con mi padre, y eso que charlar con él no es nada fácil, porque hay que repetirle las cosas un montón de veces. Porque soy pobre. Cuando me case no seré rica, pero seré menos pobre. Porque aquí, en Luco, llevo una vida muy dura y pienso, no sé si me equivoco, que cuando esté casada será más liviana.
Nino Mazzeta se casa conmigo por las siguientes razones, que me ha enumerado una por una. Porque no le parezco fea. Porque soy de costumbres sencillas. Porque no le intimido, aunque yo sea licenciada en filología y él sólo haya estudiado hasta quinto de Básica. Su mujer muerta le intimidaba, aunque ella sólo hubiera estudiado hasta tercero de Básica. Era de carácter pendenciero y no fueron nada felices. Porque toco la flauta. Porque cocino mal y a él le gusta comer bien, pero piensa que con un libro de cocina aprenderé enseguida. Porque me conoce desde que era pequeña. Porque conoce bien a mi familia.
También yo le conozco desde que era pequeña, pero a mí eso no me agrada demasiado. Me parece que tengo el futuro pegado a las suelas de los zapatos» (La casa y la ciudad).
Así son, también, sus ensayos. Diría que el personaje femenino de Natalia Ginzburg no es triste, sino imperfecto y humano; de la misma manera que diría que el yo de Natalia Ginzburg, el de sus artículos y ensayos y relatos biográficos, es imperfecto y deliciosamente humano. De los escritores uno siempre espera, terrible error, que sepan de todo, y que sepan mucho. Se esperan grandes titulares, cierres con broche de oro, respuestas ingeniosas, alguna que otra cita y, a poder ser, una frase contundente que hable de la escritura, del proceso creativo. Otra de las pequeñas virtudes de la Ginzburg es precisamente que no necesita alardear. Y no sólo eso, sino que juega con las cartas descubiertas: nos muestra todas sus debilidades, sus carencias culturales, sus dudas, su incapacidad —su humanidad. «Todos sus ensayos son inolvidables. No sólo por lo maravillosamente que están escritos, sino por esa forma tan suya de dirigirse a nosotros sin darse importancia, sin presumir de nada ni escucharse a sí misma, a la manera de esas personas queridas que, cuando vamos a partir de viaje, se limitan a llamarnos la atención sobre algo que habíamos olvidado. Y lo que escribe siempre nos sorprende, incluso cuando se ocupa de los temas más comunes o más aparentemente ajenos a nuestras preocupaciones», dice Gustavo Martín Garzo, y no le falta razón. No tiene ningún problema al reconocer sus limitaciones, y eso es lo que precisamente engrandece a la figura de la escritora, que en los ensayos es cercana e imperfecta, tal como nosotros, sus lectores de ficción, esperamos de ella. «Entiendo muy poco de pintura y raramente contemplo largo tiempo cuadros o reproducciones. Sin embargo, me gusta mucho contemplar durante largo tiempo las reproducciones de Edvard Munch. A mi entender, es un pintor grande y maravilloso. Pienso que mi manera de mirar sus cuadros no es la de quien gusta y entiende de pintura sino, por el contrario, una manera bastante tosca, de novelista» (Nunca me preguntes).
Pero no mentiré: no diré que esto es un elogio de la vida cotidiana y que no es cierto, o que no es únicamente cierto, que los personajes femeninos de Natalia son tristes y silenciosos. «La felicidad siempre parece mentira, es como el agua, y se comprende sólo cuando se ha perdido», se dice en "Las palabras de la noche". Y ése es el poso que deja: más que infelices, tienen una felicidad poco literaria. La Ginzburg no miente cuando dice que no entiende las óperas, que no sabe escucharlas, o que no sabe de pintura y mira los cuadros de Edvard Munch como una novelista —por eso también es honesta con sus personajes y los hace así, capaces de ver la felicidad cuando ya no la tienen. No es fácil: parece, pero no lo es. De su escritura podemos deducir que hay mucha naturalidad, mucha intuición; ni mucho menos: para conseguir tal honestidad, tal apego a la realidad, de una realidad íntima y lúcida, bien característica; para conseguirlo todo con brillo, se necesita muchísimo trabajo. Nada más y nada menos que el que Natalia Ginzburg está dispuesta a hacer por sus historias de nada, de un poco de vida, de otro poco de ternura y bondad.
Natalia Ginzburg es una mujer sorprendida por la vida. Anda por el mundo con perplejidad, y se extraña de no comprender algunas cosas, de no poderlo abarcar todo, aunque a otros les resulte tan sencillo. Por eso sus mujeres están hechas del mismo material y a veces nos pueden parecer melancólicas —sólo están asombradas. Es de una riqueza, precisamente porque duda y se atreve a dudar, inigualable; de una sensibilidad extraña, amplia y fundamental.
Cuando abrí "Las palabras de la noche", el segundo libro que leía de Natalia Ginzburg, me encontré con una nota de advertencia antes de empezar la novela: En este relato los lugares y los personajes son imaginarios. Los unos no se encuentran en parte ninguna del mundo y los otros no viven ni han vivido nunca en parte ninguna del mundo. Y ya lo siento, porque he llegado a amarles como si fuesen reales. Entonces lo sospechaba pero aún no lo sabía: que Natalia Ginzburg era una de las mías, y aunque no viviera ya en ninguna parte del mundo, la amaría como si estuviera viva; porque, como decían de Carmen Martín Gaite —en vida ya era eterna.

agosto 01, 2014

Te lo digo como lo siento


Cuento publicado en el número de junio de TintaLibre

Lo primero que hay que hacer es callar la boquita, ¿eh, mi amor?, que no está una para armar jaleos entre las vecinas, que menudas son, porque aquí quien más quien menos tiene algo que callar, un secreto, y ahora lo más inteligente es que callemos la boquita, y sobre todo tú, que eres todavía pequeña y no sabes lo que es guardar secreto, que cada cosa que te cuento ahí que vas a contárselo a tus amigas y a tus primas, como si no tuviéramos ya suficiente. Lo mejor es que estemos con la boquita cerrada, ¿eh, mi amor?, porque luego una habla, y te lo digo por experiencia, una habla y se arrepiente de lo que ha hablado, pero luego ya está todo dicho y no te puedes salvar de los consejos de los demás. Te lo cuento para que veas, porque una vez se lo dije a tu tía, que en paz descanse, y como no era mi hermana sino que era hermana de tu padre, me preguntó si me había vuelto loca, si había perdido completamente el juicio contándole lo que le estaba contando, y yo no entendía nada, qué voy a entender. Me decía que cómo se me pasaba por la cabeza contar las cosas de alcoba a la gente, y menos a un familiar, y menos a la hermana del maltratador, y ahí fue la primera vez que oí la palabra, maltratador, que ya hay que tener mal gusto. Le pregunté qué pasaba por contárselo y me dijo que esas cosas no se cuentan, y que si se cuentan hay que hacerlo a la persona adecuada, y la persona adecuada ya lo sabía yo que se refería a la policía, o a una de esas mujeres que ayudan a otras, que hasta te buscan un sitio donde quedarte si no tienes cómo buscarte la vida, pero le dije que ni hablar, que antes me cortaba la lengua, pero vamos, seguro, antes me cortaba la lengua que ir a decírselo a la policía o a las otras.
—¿Y entonces por qué me lo cuentas a mí?
Me suelta. Pues, hija, qué quieres, a alguien se lo voy a tener que contar, ¿no?, eso fue lo que le dije, y me hizo jurarle que si volvía a pasar, no se lo contaría a ella, me buscaría otra confidente, o me iría a denunciarlo. Pero cómo voy a denunciarlo, en casa es lo que se ha vivido de toda la vida, siempre, y mi madre no decía nada, y no es que no dijera nada, es que ni se quejaba porque no quería que nos enteráramos, como si fuéramos tontos, que la veíamos con el ojo hinchado y le preguntábamos y decía que nada, que se había dado un golpe, y si todas las veces que lo decía se hubiera dado un golpe, ten por seguro que sería la persona más torpe que yo conozco, pero era mentira: era mi padre. Tu abuelo.
Por eso te digo que tú, calladita, mi amor, ¿eh?, que cuando tu tía se murió de verdad que me dio muchísima pena, pero por otra parte pensé: mira, mejor, así nadie sabe mi secreto. Porque desde que me dio la charlita de la policía y lo de las otras, no me había atrevido a contarle nada a nadie, a lo mejor es verdad que las cosas de alcoba, en la alcoba se tienen que quedar; y cuando se murió pensé, venga, a descansar. A descansar yo, ¿eh?, que cada vez que venía a casa, estaba temiendo que se lo contara a tu padre, que se cuidara mucho de su mujer, porque iba contando cosas por ahí. Pero tu tía, la pobre, era tan buena, y lo hacía por mi bien. Así que eso es lo que haremos, por nuestro bien, tú no se lo dices a nadie, y mamá va a intentar a partir de ahora que no tengas que pasar por esto, ¿eh, mi amor?, pero sobre todo, tú, discreción, que no hay cosa que valore más en las personas que la discreción, eso lo aprendí de mi madre, aunque de mi madre he aprendido muchas cosas y la mitad, ¡qué digo la mitad!, casi ninguna me ha servido.
De todas formas, ahora no vayas a formar un escándalo cada vez que tu padre te pegue porque hayas hecho alguna fechoría, porque una cosa es que te pegue tu padre, que los padres pegan a las hijas y hasta Dios lo perdona, que es ley de vida, y otra muy distinta es que te pegue tu marido, que no es lo mismo, es un hombre igual, pero no es lo mismo, eso lo entiendes, ¿verdad, mi amor?, yo sé que lo entiendes porque eres listísima, más lista que tu madre, y seguro que cuando seas mayor no vas a ser tan pava como yo, aunque eso nunca se sabe, porque una vez Eulalia, la vecina de aquí, salió a la calle con unas gafas un poco oscuras, y ya me extrañaba, porque ella siempre critica a las que llevan gafas oscuras, porque dice que eso es cosa de ciudad, que aquí hay que llevar la cara al descubierto, y si te molesta el sol, pues te aguantas y cierras un poco los ojos, y si te salen arrugas, pues te salen arrugas; y la vi que llevaba gafas y le pregunté, así de broma, y se quedó muy seria, y es porque tenía el ojo un poco pachucho, y por la noche la escuché llorar, que estas paredes no se callan nada. Te confieso una cosa: que sentí alivio. Porque yo tenía a Eulalia por una mujer moderna y lista, y si le pasa lo mismo que a todas, es que no es cosa de inteligencia, es cosa de suerte. Claro que a mí Eulalia nunca me ha confesado nada, ¿eh?, ni falta que le hace, que una se fija en las cosas y no hace falta que se las cuenten, y de sobra sé que el marido le ha pegado por lo menos una vez, y si tiene la culpa o no, eso ya no lo sé, pero que le ha pegado eso lo sé yo por éstas.
Ahora ayúdame, ¿eh, mi amor?, y prométeme que no se lo vas a decir a nadie, y que vamos a limpiar esta mancha de la alfombrita en silencio, sin llorar más, porque a mamá cuando llora le escuece el ojo, y sólo nos faltaba que empeorara y tuviera que ir al médico, que es lo último que hay que hacer si una quiere mantener el secreto. Señor, cómo se nos complica la vida a unas pocas, por ingenuas, por no darse una cuenta de las cosas a tiempo y salir corriendo, porque es que yo lo veía, yo veía a tu padre que se ponía nervioso y que a veces era tan así, violento o como quieras decirlo, y pensaba, ay, madre mía, pero después me consolaba pensando que los hombres, pues bueno, oye, mira, tienen toda esa fuerza y esa brutalidad, y por alguna parte tienen que sacarla. Mi hermano, en cambio, qué diferente es, y mi cuñada que está encantada de la vida, porque ni se imagina lo que tenemos que vivir las demás, y en silencio, y ella, pues bueno, que también vivirá sus cosas, pero no esta salvajada. Y una cosa te voy a decir: la que menos te pienses, ésa también. Me he fijado yo, que me fijo mucho, y lo veo en las caras de las demás, y cómo hablan de sus maridos, y aquí la que más la que menos, le han dado una vez, una vez como poco. Y ya es triste, que estemos así, que no sepamos poner solución de un día para otro, y con sólo una vida que tenemos y que tengamos que vivirla así, con miedo y sin muchas ganas, que de verdad te digo que el día que me muera, me voy a quedar tranquila.
No llores, ¿eh, mi amor?, si es que mamá a veces habla así, es una bruta, pero no lo piensa, de verdad que no. Que lo que yo quiero es hacerme vieja como ese árbol, y que me traigas nietos, y que estés con un hombre bueno, y que no te pase como a mí esta mañana, que de la bofetada que me han dado, se me ha quedado la boca abierta, y pensaba yo que era porque iba a dar un grito, y el grito lo tenía, pero se me ha quedado dentro, y el día que lo suelte, el día que lo suelte se va a enterar hasta el Papa, así te lo digo, como lo siento. El día que abra la boca y dé el grito, no os lo vais a creer. Pero esta mañana se me ha abierto la boca, y a lo mejor es que, mira, tan temprano, no me lo esperaba, porque normalmente por la mañana estamos más tranquilos, y a lo mejor ha sido la sorpresa y se me ha quedado la boca así, abierta, y después me he dicho: el ojo. Lo primero que he pensado es que si se me ponía feo el ojo, como sabía que iba a pasar y como ha pasado, a ver quién hace la compra hoy, porque me gusten o no, gafas oscuras no tengo, y que yo no pienso que sean de ciudad, ¿eh?, es que simplemente no tengo para comprarme unas. Así que lo primero que he pensado es que vamos a tener que comer de lo que haya en casa, y lo segundo es que la cafetera que se me ha caído iba a dejar una mancha de las difíciles de verdad, y por eso ahora tenemos que quitarla, porque no estamos para lujos, esta mañana la quito yo aunque tenga que estar aquí todo el día frotando.
De verdad, de verdad, que si lloras es peor, porque mamá se pone triste, y que no estoy enfadada, que te cuento lo del grito porque... bueno, porque también yo tengo necesidad de contarlo, pero que no me ha dolido, si lo que me duele no es el ojo, ni nada, nunca me duele el cuerpo, lo que me duele es el corazón, y que me quedo unos segundos que no reacciono, porque aunque esté ya medio acostumbrada, siempre me quedo unos segundos quieta, como congelada, y me digo que si ésta es forma de vivir, y que si me merecía yo esta vida, pero doler, no me duele, te lo prometo, ¿eh, mi amor?, si lo que me da es rabia, y hasta vergüenza y después rabia otra vez, pero no me duele. Y ahora no te asustes, porque cada minuto que pasa, el ojo se va poniendo peor, y se va cerrando solo, aunque yo lo tenga abierto y me diga que lo estoy abriendo, se cierra y se queda así, como para dentro, pero no pasa nada, no me duele... si lloro sí, me escuece, pero no me duele. Y por lo menos he dejado de escuchar el silbido en el oído, que no hay cosa más molesta que ese pitido de cuando te han dado bien, con la mano abierta, que la cara se te queda roja, ardiendo, y ese piiiiiiiiiii, venga a molestar. Una vez que se pasa el piiiii y se pasa la rojez de la cara, sólo queda esperar a que primero el ojo se acabe de hinchar, y después se deshinche. Si te digo la verdad, estoy acostumbrada, y lo que de verdad me da pena es que al principio por lo menos me pedía perdón y me decía que era la última vez, y aunque yo sabía que era una mentira, al menos tenía la decencia de decirlo. Pero ahora tú y yo vamos a limpiar bien la mancha, nos vamos a olvidar de todo y después vamos a desayunar y nos vamos a la cama juntitas, que hoy no vas al colegio, ¿eh, mi amor?, ¿estás más contenta?

mayo 20, 2014

Els fills dels altres: Dins la pell


No sap què li passa ni per què se sent tan menyspreat pel pare i la mare, però alguna cosa li passa i se sent menyspreat pel pare i la mare.

mayo 08, 2014

La línea de Dios












He decidido que no creo en Dios. No soy atea, por otra parte, y creo que hay alguna razón para todo y que no vivimos en vano. Cuando uno muere creo que al alma le sucede algo.

CARSON McCULLERS